Cuando emergió la vida en los lofts en el Nueva York de 1940, no parecía que fuese a coger al mundo por sorpresa. Esculpir espacios habitables a partir de edificios industriales abandonados suponía más bien una moda extravagante, una vivienda en la que artistas y diseñadores incorporaran su espacio de trabajo, en la ciudad, sin verse abrumados por alquileres excesivos. Pero lo que comenzó como una alternativa radical al alojamiento convencional, iba a cambiar el aspecto de la vivienda contemporánea a escala mundial.
Unos cincuenta años antes de las primeras conversiones extremadamente refinadas de almacenes, la popularidad del loft -en sus múltiples variantes- se ha extendido por el hemisferio occidental, desde Sydney hasta Estocolmo; desde Chicago hasta Antwerp. El loft se ha convertido en el tipo de vivienda más de moda en la actualidad; un símbolo del buen gusto milenarista; la tendencia de interiorismo para los propietarios puestos al día en la vanguardia del diseño.
Puede que se esté preguntando cómo el loft ha dado el salto de refugio bohemio a un hogar de reconocido encanto. Esta evolución ha sido, por supuesto, paulatina.
El loft, con sus contundentes suelos, techos elevados y espacios amplios y luminosos, se ha convertido en el interior más deseado del milenio.
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